CRÓNICA NO TAN CORTA: Un Trillo que hace tiempo es camino

CRÓNICA NO TAN CORTA: Un Trillo que hace tiempo es camino
Fecha de publicación: 
29 Noviembre 2020
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No los convocó el gobierno. No los convocaron las organizaciones de masas o políticas. No llegaron por mandato de las administraciones o los consejos de dirección. Vinieron porque quisieron, porque vieron la convocatoria en las redes y creyeron que debían estar ahí, porque creen en la Revolución y en sus legítimas maneras de renovarse.

“Son momentos cruciales los de ahora mismo —dice Lisandra, nasobuco azul y pelo recogido en una cola de caballo—; hay que saber muy bien qué es lo que está en juego. Yo estoy aquí porque esta, con todos sus defectos, es la Revolución que mis padres me enseñaron a querer. Y me enseñaron también a criticarla, desde la lealtad. Yo no creo que la Revolución sea una cosa abstracta, la Revolución somos tú y yo, porque tú y yo la hacemos todos los días”.

Hay que esforzarse para escuchar sus palabras porque hay música y aplausos, porque la gente corea consignas y canciones. Son cientos, varios cientos en el parque Trillo, a los pies del monumento al irredento Quintín Banderas, en La Habana profunda y popularísima. “Me encanta que sea un acto espontáneo —añade una amiga de Lisandra, de la que no alcanzo a saber el nombre—; uno viene porque se siente parte de algo. Supongo que algunos vendrán sencillamente por pura curiosidad, para ver qué es lo que pasa, para ir llevando carta; pero la mayoría de la gente vino aquí a apoyar a la Revolución. Eso es fácil de comprobar”.

Sí, se puede comprobar. Los oradores reciben muestras de aprobación. No hay, lo que se dice, doctos y elaboradísimos discursos. Hay proclamas encendidas. Hay reflexiones sobre una realidad compleja. Hay propuestas para un futuro mejor. Son jóvenes y quieren romper con la idea de que a los jóvenes cubanos no les interesa la política, que no pueden o no quieren movilizarse por sí solos, que hay que empujarlos.

Pero no son solo jóvenes. Rosa (pelo cano, ojos azules, nasobuco floreado) le gusta verse rodeada de tanta energía, aunque esté un poco apartada (“Yo soy personal de riesgo, tengo que cuidarme”); cuenta que en los primeros años de la Revolución ella se fue al campo a alfabetizar, y después estuvo recogiendo café en la Sierra, y después fue miliciana, y vio muchas veces a Fidel en la Plaza. “Fidel, estoy segurísima, vendría aquí, vendría a darles su apoyo a estos muchachos. Y Díaz-Canel a lo mejor se aparece, porque Díaz-Canel es el alumno de Fidel. Ojalá que venga”.

Unos momentos después, como si respondiera a esa convocatoria, apareció el presidente Díaz-Canel. Algunos no se lo creían. Hasta los organizadores reaccionaron sorprendidos. Vino vestido de manera informal. Vino, en contra de la opinión de su propio hijo, porque se emocionó con lo que estaba pasando, con lo que se estaba diciendo, porque sintió que debía mostrar su apoyo sin que mediaran protocolos y porque él —asegura— se sigue sintiendo joven.

No quería desvirtuar el acto con su presencia (y muchos de los asistentes le corearon que no, que no lo desvirtuaba). "La emoción no cabía en mi pecho y tenía que venir acá. Algunos me aconsejaban que no viniera para que no se manipulara la espontaneidad de esta manifestación”.

Se fue pronto, pero antes habló  con la convicción plena de que el pueblo no dejará morir el sueño de tantos: “Creían que podían destruir la Revolución antes de terminar la administración Trump, pero se quedaron y siempre se quedarán con las ganas. Diálogo para mejorar y perfeccionar el socialismo siempre".

Terminó pidiendo a la concurrencia que cantara, todos como una sola voz, la canción de Silvio Rodríguez que prefiere: Pequeña serenata diurna. Y todos cantaron: Vivo en un país libre/ Cual solamente puede ser libre/ En esta tierra, en este instante/ Y soy feliz porque soy gigante./ Amo a una mujer clara/ Que amo y me ama/ Sin pedir nada/ -o casi nada,/ Que no es lo mismo/ Pero es igual-. // Y si esto fuera poco,/ Tengo mis cantos/ Que poco a poco/ Muelo y rehago/ Habitando el tiempo,/ Como le cuadra/ A un hombre despierto./ Soy feliz,/ Soy un hombre feliz,/ Y quiero que me perdonen/ Por este día/ Los muertos de mi felicidad.     

“¿Tú crees que es casual que él pida cantar esa canción? —me pregunta un amigo—. Escucha esa letra, escucha cómo termina. Él es un hombre inteligente”.

Se fue Díaz-Canel y la gente se quedó un rato más, escuchando canciones, saludando a amigos y compañeros, ondeando banderas. No los convocó el gobierno. No los convocaron las organizaciones de masas o políticas. No llegaron por mandato de las administraciones o los consejos de dirección. Vinieron porque quisieron. “Y esa es una verdad que pretenden ignorar algunos —dice mi amigo—: la Revolución tiene mucha gente que la defiende, porque defenderla es defenderse a ellos mismos. Esta es una lección”.

Este domingo, en el parque Trillo, se hizo camino.

 

Fotos: Yuris Nórido y Roberto Suárez

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